El próximo 23 de noviembre  celebramos la muerte del P. Tomás A. Judge fundador de los Siervos Misioneros de la Santísima Trinidad y de las Siervas Misioneras de la Santísima Trinidad. Enseguida tenemos una foto de su capillita en Holy Trinity, Alabama. En su origen era una casita de esclavos negros y que nuestro fundador tomó como capilla. Aún conservamos ese tesoro como un espacio privilegiado de oración y que nos recuerda de donde venimos como religiosos.

El Padre Vincent Fitzpatrick, quien conoció al fundador y ya murió, escribió la siguiente reflexión para nosotros, sobre ese pequeño santuario donde descansa mucho de nuestra memoria e historia.

La grandeza de un hombre

Si lo que usted busca es la grandeza de un hombre, encontrará el endeble retrato de grandeza grabado en el ambiente que lo produjo. Encontrará también la imagen de su espíritu, fundida y soldada en las almas de los discípulos que escogieron seguir sus huellas. Es ésta la severa prueba a la que el tiempo y la historia someten los valores humanos. Es ésta la prueba final que el tiempo y la historia exigen de todos aquellos que poseen la intrepidez para elevarse por encima de la tierra y de sus semejantes, en las frágiles alas del amor humano a Dios.

Esa es la razón por la cual esta capillita es el tesoro más inapreciable que poseemos. Para nosotros, es tan parecida a Belén. Cada tabla roída por la polilla, las puertas tullidas, la pintura de blanca cal despellejándose de las paredes, ese pequeño altar que tiembla a cada pisada, cada uno de éstos es elocuente memoria del Padre Judge. Aquí, por todos lados, se palpa ese abrazo abrumador del amor de Dios que lo engendró para su santo apostolado. Aquí está su espíritu de oración en los banquillos desgastados por el sudor de su primer apostolado. Aquí está su sencillez en el inmaculado y pequeño altar, puro, revestido de casto mantel de nilo para sacrificio, resplandeciente a la luz de las llamas de cirios y mechas de quinqués de kerosén – y de su propio amor. Aquí, su sacrificio, en la chimenea abierta ennegrecida por el indisciplinado humos de leña gruesa recogida a la ligera. Aquí, su prudencia. En una época enloquecida por riquezas recogidas precipitadamente, el escogió refugiarse tan cerca a las únicas riquezas verdaderas. Aquí, su pobreza, en cada retorcida teja de madera del techo, en cada enmohecido clavo, en cada rendija y grieta de las paredes.

Si desea, deje que sus dedos toquen los recuerdos que él ha dejado atrás, esta capillita en la que celebramos estos sagrados misterios – conlleva en modo más gráfico que cualquier otra cosa, el toque de su mano, el aliento de su espíritu, el eco de su voz, el represado torrente de su amor a Dios, que como lluvia torrencial, sigue cayendo sobre la reseca y sedienta viña.

                                           1958 - Padre Vincent Fitzpatrick, S.T.