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Un día del año 40 ó 41 se armó un serio revuelo en la primera
iglesia de Jerusalén.
-¿Ya saben la noticia? Dicen que en Antioquía se ha formado una
nueva comunidad de prosélitos, de piadosos y hasta de paganos.
Todos creen en el Señor Jesús. Y dicen que hasta se manifiesta
el Espíritu realizando en ellos grandes prodigios.
Total, que los apóstoles tomaron cartas en el asunto, y
ordenaron a Bernabé, discípulo judío de Chipre, bondadoso,
querido de todos, lleno del Espíritu Santo, y le encomendaron:
-Vete a Antioquía. Entérate bien de todo, y nos mandas informes.
La primera impresión de Bernabé fue una admiración profunda,
acompañada de una enorme alegría:
-Pero, ¿qué esto? ¡Aquí está la mano del Señor! ¡Tantos
creyentes, venidos del paganismo! No se circuncidan, pero, ¡lo
unidos que viven!... (Hch 11,19-30)
¿Cómo era posible tal prodigio, precisamente en Antioquía de
Siria, una ciudad corrompida de veras, la más grande del Imperio
después de Roma y Alejandría?Aquellos misioneros ambulantes,
surgidos de Jerusalén cuando la muerte de Esteban, anunciaron a
Jesús en Antioquía y se llegó a formar aquella iglesia tan
esperanzadora.
Bernabé no puede con su gozo. Aunque no se cree capaz de llevar
él solo la organización de una comunidad tan numerosa y tan
complicada también, de cristianos judíos, de prosélitos y de
griegos o paganos.
Y fue entonces cuando tomó la decisión, que ya sabemos, de ir
personalmente a Tarso para traerse consigo a Pablo.
Pasan juntos un año trabajando en la grande y bella ciudad. Un
año en que sucedieron, tres acontecimientos señaladísimos.
Ante todo, con la actividad de Bernabé y el impetuoso Pablo, se
unió a la Iglesia “una gran muchedumbre”. Así lo dicen
literalmente los Hechos: “una gran muchedumbre”.
Después, algo que nos entusiasma y casi nos hace saltar las
lágrimas de los ojos cuando lo leemos al pie de la letra: “En
Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron
el nombre de cristianos”.
¿Quién fue el pagano que tuvo la ocurrencia de llamar así a los
seguidores de aquella nueva secta de los judíos?...
¡Cristianos! Esos que siguen a ese tal que ellos llaman
Cristo... Así recibimos el nombre que constituye nuestro mayor
orgullo.
El otro hecho fue doloroso, pero emociona al ver el amor de
hermanos que entraña. Un cristiano - sí, ¡un cristiano!, así nos
vamos a llamar ya siempre -, de nombre Ágabo, dotado del don de
profecía, se levantó en la asamblea, y exclamó lleno del
Espíritu Santo:
-Hermanos, va a venir una gran hambre sobre toda la tierra, en
todo el Imperio.
El hambre se cebó especialmente en Judea, y los cristianos de
Antioquía determinaron:
-¡Recursos para los hermanos de Judea! Que cada uno dé según sus
posibilidades.
Fue mucho lo que se recogió, y determinaron que fuesen Bernabé y
Pablo los que llevaran personalmente aquel auxilio a los
hermanos de Jerusalén.
Corría el año 44. Y los dos enviados depositaron tan hermosa
ofrenda a los pies de los presbíteros de la iglesia madre. Eran
los días en que los apóstoles sufrían la persecución en
Jerusalén, cuando el rey Herodes Agripa mandó decapitar a
Santiago y encarceló a Pedro para ejecutarlo también.
En aquellas circunstancias de persecución sobre los apóstoles,
Pablo y Bernabé no se detienen en Jerusalén y regresan pronto a
Antioquía, donde pronto se va a realizar un hecho de importancia
grandísima (Hechos 13,1-3)
Se hallaban todos en asamblea cristiana, presidida por maestros
y profetas como Simeón el Negro, Lucio de Cirene, Manahem,
hermano de leche de Herodes Antipas - el rey que mandó decapitar
a Juan el Bautista, - además de Bernabé y Pablo.
Celebraban el culto, y se alzó la voz de un espontáneo, dotado
del don de profecía:
“¡Sepárenme a Bernabé y a Pablo para la obra a que los tengo
llamados!”.
Se adivinó clara la voz del Espíritu Santo, y fue obedecida
prontamente.
-¿A dónde hay que ir?... Oraron todos, ayunaron, y encomendaban
el asunto al Cielo mientras los dos elegidos escogían el primer
puesto de misión.
Bernabé era judío helenista de Chipre, y decidieron, como lo más
práctico y como la mejor prueba, empezar por esa isla. De allí
darían el salto Asia Menor en el continente.
La iglesia de Antioquía fue la primera en sentirse misionera,
diríamos, de manera oficial.
Sus dirigentes impusieron las manos a los dos elegidos, mientras
todos los despedían emocionados:
-¡Vayan! ¡Lleven a todas partes el nombre del Señor Jesús!...
¡Qué escena tan emotiva, repetida después mil veces en la
Iglesia a través de los siglos!
San Gregorio Magno, al enviar misioneros desde Roma a
Inglaterra:
-¡Vayan al país que nos manda a esos hombres rubios que parecen
ángeles!...
Francisco de Asís a sus frailes:
-¡Hermanos! A Marruecos, a convertir a los mahometanos o a
sufrir el martirio!
Jordán de Sajonia, sucesor de Domingo de Guzmán, a los primeros
dominicos:
-¿Quién quiere ir a las misiones extranjeras?... Y todos los
presentes, arrodillados y generosos: -¡Padre, mándeme a mí!
Ignacio de Loyola:
-¡Maestro Javier! ¡Maestro Rodrígues!, Dios los quiere en la
India… ¡José Anchieta, marcha a Brasil!
El Padre Colin:
-Bataillon, Pedro Luis Chanel, Mis hermanos Marianistas:
¡Oceanía les espera con sus islas innumerables!…
Así han sido, y así todavía siguen siendo todos los envíos de
misioneros y misioneras de la Iglesia, y esto se les dice cuando
se les impone el Crucifijo.
Y así lo haremos siempre, imitando el gesto que nos enseñara la
iglesia antioquena con el envío de Pablo y Bernabé…
Todo esto de Antioquía nos los escribe Lucas, el querido Lucas,
médico antioqueno, pagano convertido, testigo de muchas cosas
que narra de aquella iglesia envidiable.
Escapado de Jerusalén cuando Dios lo libera milagrosamente de la
cárcel, Pedro tendrá también en Antioquía - al menos
temporalmente -, su cátedra de primado de la Iglesia.
Esta Iglesia dará después grandes Santos, como Juan Crisóstomo;
pero, ante todo, Ignacio de Antioquía, una de las figuras más
queridas de la antigua Iglesia, y que en estos días era un
simple muchacho, discípulo de los apóstoles, entusiasmado por
Jesús y su Iglesia.
¡Antioquía! Ciudad e Iglesia de tantos recuerdos cristianos…
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