Decimotercer Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Jesús sana para instaurar el Reino
El programa de vida de los que han decidido seguir a Cristo consiste en imitarlo en todo, también cuando cura a los enfermos y resucita a los muertos. Aquella tarde el Señor devolvió la vida a la niña y resucitó la confianza en su atribulado padre. Jairo cumplió las tres condiciones que hacían falta para ambos milagros: confiesa su fe en el poder de Dios, suplica con humildad el milagro y acepta la Voluntad de Dios. "La niña no está muerta, -dice Jesús- sino que duerme". Y dirigiéndose a ella le manda: "Talitha qumi" "Levántate."
Hermanas y hermanos:
Jairo cree firmemente en lo que el Salvador puede hacer, por eso no solamente le pide que cure a su hija de la enfermedad, sino que la salve de la muerte, "mi hija está en las últimas". Cuando la fe es así de grande, Jesús no se niega a usar todo su poder. Sólo necesita nuestra adhesión de fe para curarnos y resucitarnos.
Hay dos realidades que nos resultan incómodas: La enfermedad y la muerte.La enfermedad es la experiencia de nuestro límite, del dolor, la soledad, la impotencia. Al perder la salud física, se nos apagan también las fuerzas espirituales y la ilusión. Y cuando la muerte se acerca como algo inevitable, nos invaden los interrogantes más dramáticos. ¿Cómo reaccionamos? ¿Nos invade la desesperación, el fatalismo, la angustia? ¿O por el contrario aceptamos este encuentro con el misterio irreversible?
Jesús quiso someterse a la muerte, al cansancio, al dolor y las lágrimas para redimirnos de ellos y enseñarnos a enfrentarlos con una nueva actitud.La fe no es un "seguro" automático contra la enfermedad, pero sí es una luz especial que la ilumina desde Cristo. La muerte es la realidad más tremenda e inexorable. Hoy se muere por hambre, por guerra, por accidente de tráfico, o por falta de asistencia médica. El cristiano debe luchar para evitar cualquier muerte, porque para él la lucha contra la muerte es signo de futuro, es anuncio de resurrección. La muerte no será ya el destino trágico e inevitable, sino la puerta abierta a la vida eterna.
La muerte tiene así un horizonte de esperanza. Morir es como dar un salto y caer en los brazos de Dios, en la luz de una gloria sin fin, como canta el poeta hindú Rabindranath Tagore: "Cuando llegue el final de mis días, cuando la muerte llame a mi puerta, le presentaré la vendimia de mis jornadas de otoño y de mis noches de verano y todo lo que he ganado y recogido en mi laboriosa vida".
Hermanos, Dios nos ha creado para la inmortalidad. No hemos nacido para morir sino para vivir plenamente. ¿Qué podemos hacer por nuestros hermanos enfermos, o por quienes sufren la muerte de unos de sus seres queridos? No tenemos el poder de hacer milagros, pero tenemos el poder de amar, que es probablemente lo más importante. Llenemos de milagros de amor el mundo que nos rodea, sembrando la esperanza cristiana que nace de la resurrección del Señor. Asísea.
Padre Roberto Mena ST
| < Prev | Próximo > |
|---|




Please wait...